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Viajando y Viviendo

Libre para vivir y dejar vivir

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Para que quieres viajar, irte tan lejos, si a donde quiera que vayas iras contigo mismo
Seneca

Daniel Gonzalez

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Buscar un sentido a la vida, de tal forma que nada de lo humano me sea indiferente, ni lo mas sublime, ni lo mas adverso. Convencido de que el hombre y la humanidad en su evolución son los artifices de su propio destino.
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July 25

Inversiones que eternizan la miseria

Quién en estos tiempos no ha oído hablar de inversiones extranjeras directa en el país? Para el mudo subdesarrollado es el pan de cada día, es la carrera que hay que ganar captando la atención de tantos buenos señores que andan por el mundo sin saber en que “paisito”  (país, patria para algunos) hacer sus depósitos. Es el espejo que brilla, que deslumbra desde el norte, desde el otro lado del océano. Nadie se quiere conformar solo con ver esos reflejos de luz. Hay que palparlo, manipularlo, aunque sólo sea para hospedarlo por algún tiempo. Nos dicen, eso dicen: desde el subdesarrollo, desde estos países también se puede reflejar, y quien quita,  deslumbramos a alguno que otro por allí.

 

Será cierto? será que el mensaje lleva algo de verdad o es la verdad completa? Es fácil picar ese anzuelo con esa carnada que nos ponen colgando a poca distancia de nuestras narices; es más, ni siquiera parece necesario sacar la mano para ponérnosla en la boca, ¡es suficiente con abrir una bocota muy grande! Ella, la carnada, entra solita. Después… después viene un después muy largo, aunque esa amplitud solo corresponda a una dilatación del tiempo, es la que vivimos, la que nos hacen vivir. Esa es la ilusión de la vida mejor con las inversiones extranjeras.

 

Las inversiones extranjeras buscan países competitivos, y esa competitividad esta basada justamente en la no competencia. O sea, es otra mentira que la atendemos con todas las credenciales de una verdad. Me explico, los países tercermundistas competitivos por excelencia son aquellos que ofrecen al inversionista cobrarles casi nada de impuestos, leyes laborales laxas, hacer usos de recursos naturales sin mas beneficio para el país que su presencia bendita, disponer de leyes ambientales fantasmas, disposición de energía barata, y por sobre todas las cosas, mano de obra barata.

 

Los inversionistas también exigen otro aspecto muy interesante para demostrar su compromiso serio con el país. Ese es el de exigir mano de obra calificada. Esa calificación esta basada en aprender técnicas, rutinas. No es necesario estudiar demasiado, con una carrerita de 1 o 2 años está más que bien. Esta es otra falsedad que nos la hacen tragar como verdad. Entonces, los gobiernos subdesarrollados emprenden una cruzada nacional (crean instituciones gubernamentales, instituciones privadas de garaje), para crear estos obreros calificados, destinados a estar como robots haciendo sus rutinas (trabajos). En este subdesarrollo no se necesita pensar, porque además, y sobre todo, la investigación de ciencia básica, de la tecnología, de los procesos y hasta del comportamiento de esta nueva clase de personal calificado (los rimbombantes trabajadores calificados del subdesarrollo), se desarrolla donde si es verdaderamente necesario, en el primer mundo. En conclusión, la actividad de pensar y reflexionar no es digna de los países subdesarrollados.

 

Antes de seguir un poco más, quiero aclarar que utilizo la palabra país “subdesarrollado” y no país “en desarrollo”, debido a que esta última, pienso, proporciona otra dinámica a las acciones de los gobiernos y de las personas. El estar en desarrollo significa ya haber emprendido acciones para empezar a olvidarnos de esta desgracia tan extendida por debajo del trópico de cáncer, llamada subdesarrollo. El subdesarrollo que emerge de nuestro gobierno y nuestro pueblo, pertenecen a acciones estáticas, permanentes, que al tender el tiempo a infinito (o sea que pasan generaciones y generaciones) tienden a eternizarse.

 

Las “ganancias” de estos trabajadores obtenidas en las empresas de los inversionistas, por su magnitud del salario están logrando eternizar la miseria humana. Quién no recuerda el efecto tango, el efecto tequila o el samba? Significó la ruina para las finanzas públicas y la imposición de deudas millonarias para los países. Y muchísimos de estos “trabajadores calificados” llenaron las calles de nuestras ciudades y campos con más miseria. Pero como no poseemos memoria reflexiva, se sigue repitiendo el mismo experimento, nada más que ahora “recargado”  (suena a película). Esa película la estas rodando ahora mismo.

 

¡Corten!

August 29

Acúsome padre...

 

Siete u ocho años tendría, cuando obligado por la conciencia y el sentir colectivo de un pueblo de no más de mil habitantes, fui arrastrado hasta muy cerca de la oreja de un cura para contarle mis faltas por primera vez y, así poder celebrar junto a otros niños, un primer domingo de mayo, mi primera comunión.

 

Comenzó con la decisión de mis padres de llevar a cabo el cumplimiento del beber para con su hijo y su mandato de fe y, de paso, despertarme al mundo pecaminoso de pensamiento, palabra, obra u omisión. Ante tal acontecimiento, fue necesaria una preparación de no menos de dos meses y un simulacro de hecho de un fin de semana.

 

Cuando en la escuela me confirmaron la noticia de que estaba en la lista de los escogidos para tal acto, lo único que recuerdo haber sentido fue un miedo intenso mezclado con una alegría cómplice por saber que a todos los niños que hacían su primera comunión; los familiares, amigos y vecinos formaban poco a poco una avalancha de regalos y dádivas de dinero en efectivo, hasta alcanzar su clímax y punto culminante, el día de abrir la boca y literalmente tragarse al santísimo como pan y vino, como cuerpo y sangre.

 

Así empezaron esos días, días todos que en mi niñez los vivía tan largos, y estos en especial, fueron lentos pero no por ello dejó de estar presente la alegría y la hechura de buenas amistades. En las tardes, después de recibir las clases comunes y corrientes nos quedábamos una hora más todos “los de la primera comunión”. El director de la escuela, un hombre viejo, de amplia frente y suave humor, se dedicaba a enseñarnos sobre este sacramento y, entre seriedad y bromas, finalmente terminó por gustarme ese tiempo que en mis recuerdos perdura como minutos de juego, y sobre todo de bromas sobre la seriedad del asunto. Quien terminó por obligarme a aprender de memoria tanta oración, para mí convertida en una completa letanía, fue mi madre. Ella me hizo pagar las horas de diversión que había pasado junto a nuestro instructor, cuando evaluó mi progreso en la memorización de palabras en hilera, y a mi primer fallo, de un solo reproche me mandaba a mi recamara a recitar tal por cual oración. Indudablemente tuve que aprenderme a rigurosa memoria esas oraciones, para la preparación del alma y purificación del cuerpo, de lo contrario, estaba destinado al descrédito y punzante señalización de todo un pueblo, si no pasaba un examen previo ante un cura. La mínima falla me dejaría fuera de llegar ha recibir el cuerpo y su sangre.

 

El tiempo lentamente me conducía a los acontecimientos programados por todos los involucrados en desarrollar ese acto pagano con tintes religiosos. Cada aproximación era un golpe más de intensidad, intensidad acumulada día tras día, cada vez las bromas disminuían; hasta que un buen día, nos anunciaron que tragaríamos al santísimo, pero de a mentiritas, porque todo era un simulacro, nada vendito. Hasta aquí solo había sido cuento, conjugación de verbos sin la verdadera magnitud de su ejecución. Ya estaba enterado que el cuerpo martirizado de cristo, lo fabricaban las monjas en sus conventos - yo hasta entonces creía que bajaba directo y sin escalas del cielo y se metía en esa urna y copa de oro que tenía la iglesia de mi pueblo- y que un vino tinto chileno, especial para consagrar, se convertiría en la sangre derramada por cuanto pecador habitó, habita y habitará la tierra. Especial atención se debía de poner al recibir el cuerpo, se debía recibirlo sacando moderadamente la lengua para que el cura lo colocara en la punta de la misma y posteriormente contraerla y delicadamente encerrarla en la boca y esperar que con la saliva se deshiciera lentamente. Se corría el riesgo de que la oblea se pegara en el paladar por la falta de saliva, así que se debía que tener lista la solución para tal dificultad. Si llegásemos a ese transe, tendríamos que lentamente tratar de despegarla con la punta de la lengua y no morderla, menudo dolor le habríamos proporcionado al divino señor.

 

Contento me fui para la casa de mis padres la tarde de un viernes, al no haber cometido falla alguna en las cuatro veces que desfile frente al maestro, convertido en falso cura, y quien nos repartía el pan sin ser cuerpo. También pasé limpio, sin tropiezos cada una de las oraciones dedicadas al arrepentimiento y pago de penitencia. Por última vez, y más serio que nunca, el maestro se dirigió a nosotros para recordarnos lo trascendental que sería para toda nuestra vida el acto para el cual nos había preparado, en pocas palabras, ser buenos cristianos -que yo lo resumía en una carrera despiadada por entrar al cielo-. Allí mismo comenzó el examen de conciencia; experimentar en nuestras intimidades de niños, lo que desde nuestro nacimiento hasta esa fecha recordáramos como actos que cayeran dentro del intervalo pecaminoso. Por más que di vueltas sobrevolando mi vida pasada, filtrando todo lo guardado en mi memoria, no encontré algo digno que se quedara como pecado para balbucearle al cura, simplemente no sabía que confesarme. Así terminó ese viernes que, como nunca hubo otro, estuve abstraído de todos los preparativos de la fiesta, fiesta del pueblo entero, que en familia pasa visita a algunos de los primera comunión, escogidos por el lazo más fuerte de amistad y atraídos por la cantidad y calidad de platillos en que se convierte la colosal matazón avícola, porcina o vacuna que se realiza en la víspera y, que en todo pueblo que se respete se debe hacer.

 

El amanecer del sábado fue de la última búsqueda de acciones por las que me condenara la ley divina, pero mi cuerpo aun no tenia flaquezas, ni mi pensamiento vileza. A las 10 de la mañana fue la cita en el confesionario. Cruzando las puertas de la iglesia miré que al frente del altar estaba sentado en una silla el cura mas viejo, transvertido con un atuendo negro, al lado izquierdo, en el confesionario, estaba un cura más joven, dedicado a confesar a los padres. De acuerdo al orden de llegada se obtenía el turno para pasar, tanto niños como padres. Los progenitores arrancaron primero, a sabiendas de que ellos necesitaban no pocos minutos para decir todas sus maldades y fechorías. Entre mis compañeros de vida, todo era mas rápido, no estoy muy seguro, pero cuando el otro cura no había terminado de confesar a la cuarta persona mayor, los 12 primerizos ya habíamos sido absueltos en la totalidad.

 

Con terror pase frente al cura, arrodillado y dividiendo entre su oreja y mi cara un pequeño espacio por donde fluía un aire que alcanzaba a llevar los olores acres de su ropa guardada, tomó entre sus manos mi mano derecha, y en seguida, tartamudeé, dudoso y saltado, el acto de contrición.

 

– Dime tus pecados hijo.

– Acúseme padre de haber dicho malas palabras.

– Como cuales hijo.

– Hijueputa, padre

– Cuales más

– Mal parido, marica, güevon.

– Qué otros pecados?

– He mentido, padre.

– En qué has mentido?

– Digo una cosa por otra padre

La verdad es que ni me acordaba de las mentiras que había dicho, eran tantos mis nervios que todo lo realizado en el examen de conciencia, en la víspera y la mañana de ese día, se me borró.

– Qué otra cosa hijo?

– Nada más padre.

– Has robado?

– No, padre.

– Le has agarrado los dulces a tu mamá?

–Sí, padre.

– Qué otra cosa?

– He tomado los chocolates sin pedir.

– Qué más hijo?

– Nada más, padre.

– No les has levantado la falta a tus amiguitas?

– No, padre.

– Has andado fisgoneando por las rendijas?

– A veces, padre.

– Y qué has visto?

– Casi nada, padre.

– Has tenido pensamientos impuros?

– No, padre.

– Has faltado los domingos a misa?

– Algunos.

– Como cuántos?

– Más o menos uno por mes.

 

A la primaria que asistí fue obligatorio ir a misa los domingos y los primeros viernes de cada mes. Cada falta era acreedora al castigo de hacer el aseo de los baños durante una semana. Motivo por el cual, se me grabó indeleblemente esas repeticiones sin razonamiento llamadas misas.

 

– Y los primeros viernes?

– Casi todos los primeros viernes voy a misa.

– Recuerda que no ir a misa es pecado mortal y, morir así, te llevará irremediablemente al infierno.

– Sí, padre.

 

De penitencia me mandó rezar un credo, 10 padres nuestros y 5 aves marías. De regreso, en la banca, me dispuse a cumplir la penitencia, y para que los demás se dieran cuenta, lo hice moviendo los labios. Estaba como un autómata, rezando todo de corrido, cuando me percaté de que mi atención había sido captada por el lugar donde se estaban confesando los mayores, me descubrí viendo como el cura golpeaba quedamente la reja agujerada del confesionario y alzaba una cortinilla de tela color morado para llamar y ver al siguiente pecador. Fue entonces, cuando di por un hecho que las cuentas de mi penitencia estaban perdidas, y más aún cuando estaba rezando intercalando las oraciones para no hacer tanta repetición. Decidí cumplir como si hubiera logrado la mitad. Ya con dolor en las rodillas, me santigüé y me senté a esperar a mi hermano, también de primera comunión, y a mi madre. No sé a qué penitencia se hizo acreedora, lo único que recuerdo es el fervor con que mi madre arrodillada movía sus labiecitos y miraba al altar tiernamente con su cabeza inclinada un poco a la derecha, dejándose cubrir parte de su cara con su cabello suelto que le llegaba hasta la altura de sus hombros. Ese fue otro instante de embeleso, también recuerdo que iba vestida con una falda negra, un saco azul y un chal blanco. La esperé pacientemente, una vez que acabó, me aferré de su brazo y así salimos caminando por un costado de la iglesia.

 

La concentración en este acto fue tal, que consumió mi energía y me quedé dormido el sobrante de la mañana y un pedazo de la tarde. Cuando me levanté, me encontré con las primeras visitas que se presentaban a extender la felicitación a mis padres y a mí por el acontecimiento por llegar. Pensaba, estoy puro, inocencia sobre inocencia de niñez. Nuestros vecinos fueron los primeros en acercarse para halagarme con un presente y de paso fortalecer los lazos de amistad. Cuando se despidieron, discretamente tomaron mi mano y me dieron un billete. Fue el primero de tantos que recibí a cuenta de la primera comunión. En mi pueblo, por estar enclavado en el campo, distante de ciudades populosas, se acostumbra a llevar regalos de todo tipo, dinero en efectivo, regalos convencionales consumistas, animales vivos, vinos, huevos, pan, ropa, tejidos hechos a mano, etc. Lo que más me gustó fue recibir dinero en efectivo y, sobre todo, el distinción que mis padres hicieron al tenerlo siempre en mi poder. Lo demás, excepto de alguna pelota de fútbol, lo perdía de vista.

 

La tarde del sábado la concluí jugando el la calle en frente de la casa de mis padres. Jugué un intenso partido de fútbol, y fue allí cuando me percaté de la cantidad de pecados que cometía, por las palabrotas que alcanzaban a salir de mi boca, que creía yo, casi santa. Preocupado, una vez acabado el partido, fui con mi madre a pedirle consejo, y ella, sin complicaciones, me mandó a tararear un padre nuestro. Libre de culpa, me sentía listo para lo que viniera.

 

Llegó el domingo, mi madre más acelerada de lo normal y, mi padre, tranquilo, lo observe bien vestido y sonriente, nunca supe cuando se confesó, pero de que iría a comulgar, comulgaría, faltaba más.

 

Hace tiempo que no me vestía mi madre, pero esta vez lo hizo con sumo cuidado. Me engalanó con una camisa blanca, traje negro, corbatín negro, zapatos negros y guantes blancos. Un estandarte blanco del ancho de la manga del saco colgaba de la parte derecha hasta la altura de los codos y una vela decorada con motivos angelicales, la transporte durante toda la ceremonia. Así salió nuestra comitiva de la casa, hermanos, tíos, abuelos, amigos. En la iglesia, los primerizos, fuimos custodiados por nuestros padres, a la izquierda el papá y a la derecha la mamá. De la misa no me acuerdo ni pío, pero supongo que fue la misma repetición, el mismo soliloquio.

 

La comunión, el instante cumbre, esa si la recuerdo, fue más sencilla de lo esperado, puedo decir que me gustó, especialmente el trago generoso de vino que nos dieron, y que por cierto nunca más he vuelto recibirlo en una iglesia. Con ese trago de vino, digo, de sangre bendita, el cuerpo no tuvo ni como resistirse, ni como adherirse al paladar, literalmente me lo bebí, sabrosamente lo dejé llegar poco a poco hasta mi estómago casi vacío, allí se anidó ese Señor dividido en dos, sentí su calor en mi sistema digestivo, pero así como llegó se fue, suavemente desapareció el calor, me dejó igual que siempre, sin pecado concebido.

 

De regreso a casa, con la cera de la vela chorreada sobre las manos, empecé a quitarme primero la cera y después el traje, y guié mis esperanzas a la cantidad de dinero que llegaría a mis manos. De a poco, se fue llenando la sala de recibir de la casa, todos tomando vino generoso y esperando la entrada de los platillos fuertes. No se a ciencia cierta quien trajo qué o cuánto, pero debieron de tener buenas amistades en esa época mis padres. Hasta ahora conservo un cepillo de ropa que me lo regaló el “señor obispo”, apodo con que conocíamos a un vecino carismático y que para saludarle hacíamos la reverencia respectiva.

 

Todo el transcurso de mi escuela primaria, me llevaron a misa a fuerza los domingos y los primeros viernes. En secundaria, fueron mis últimos domingos a misa y mi última confesión ante un cura. Las misas me las sabia de memoria, la misma repetición, aburridas, sin alma, sin sentido.

 

Ahora, rara vez me paro en una iglesia, a no ser a ver sus fachadas o a pensar en la gente nativa de América que construyeron esos edificios. Me paro en la catedral de la Ciudad de México pensando y recreando en mi memoria la esplendidez que debió poseer la gran Tenochtitlan, catedral que destruyó centros ceremoniales y costumbres Aztecas. Las iglesias, o mejor dicho, templos católicos que huelen a viejo, a destiempo, me saben a historia amarga, historia que aun me persigue grabada en mi memoria, como contaminante de mi conciencia y de mi cosmovisión.

  

July 27

En un aeropuerto

Once años cruzaron antes de volver a un aeropuerto con el corazón explotando en cada rincón de mi cuerpo. Ese día, no pude despertar mirando la luz que tragan las ventanas del dormitorio, antes de eso, mi pensamiento ya se batía acelerado entre el limite de lo consiente y lo que no. Cuando ya mi conciencia capturó el instante como tal, de un solo golpe tiré por el aire las cobijas y me erguí con el cuerpo torpe. Bajo un chorro de agua, sobre la espalda, sacudones electrizantes y fríos me despertaron a la realidad. Fue una sensación de vida, de movimiento, de golpe calórico, de luz, de limpieza. Parecía que respiraba por la piel, las rutinas ya no eran rutinas ese día. Afuera, el cielo despejado, el viento frió, la calle llena de sensaciones, de vacaciones, de esas que en los diciembres suelen rondar y envolver a muchos por allí.

 

Las 11 de la mañana; junto a mi hermano, caminé por las calles de la colonia, hablando de nuestras historias y todo lo que a través de ella matamos la vida, recuerdos y más recuerdos que no son más que vida ya muerta. Recuerdos de nuestra niñez y adolescencia caminaban por las calles, junto a nosotros. Recuerdos sin lugar en el espacio, solo en el tiempo. A ese paso y con ese ritmo, llegamos a una estación del metro y nos fuimos, nos llevó al lugar que ese día para él y para mí despertaría sentimientos amortiguados en los años.

 

La terminal aérea llena de ondas sonoras que chocan, colapsan, se aceleran; son un completo sonido indescifrable. Las pantallas de cristal líquido pegadas en cada columna son el que ver de la mayoría. Solo quiero estar en el lugar más alto viendo como llegan los aviones con gente de todas partes. Ver como se va la gente, sin gestos, sin nostalgia, sin adiós, todos contenidos dentro de las láminas de formas casi iguales e inmunes a los sentidos.

 

El número de vuelo que espero ya esta anunciado en las pantallas, está a tiempo, ya llegó. Desde un piso más arriba observo el continuo salir de pasajeros, sin prisa algunos, otros buscando con la mirada, otros simplemente llegaron. Ya sale la gente con logotipos de la aerolínea, del vuelo que espero. No puedo identificar a lo lejos la forma de caminar, no lo se, lo he olvidado. Será que puedo conocer la cara que durante 11 años no he visto? Poco a poco sale menos gente con el logotipo de esa aerolínea. La emoción no alcanza en mí, miro a mi hermano y también está traspasado por tanto esperar. Parece como si se fuera a anuncia algún ganador de algo, se alarga el tiempo, camina despacio cuando utilizamos los sentidos y el pensamiento y nos dejamos llevar por ellos.

 

Hacia el final, donde apenas alcanza mi mirada, otra vez se aviva la llama, sí, ahora sí que es, no hay duda. Ya mi hermano no estaba allí, no se como, ni cuando se fue. Yo también me voy al piso de abajo, a la salida, allí donde se arremolina la gente. Finalmente, veo la mirada que busca, la mirada que me busca, que nos busca. De un solo grito hago que la mirada se dirija hacia mí. Cómo volver a recordar tus ojos, tu mirada, cómo refrescarme la memoria de tu ser, tenia 17 años cuando deje de mirarte, de acariciarte, de decirte mis angustias y mis alegrías. Ahora te veo, 11 años después, con el paso del tiempo marcado en tu pelo, tu piel, tu cuerpo entero. Desliza su mano por mi cabeza, me abraza, me ve y me vuelve a ver, me mira directo a los ojos y sin palabras me expresa lo poco que me conoce. Pasa su mano por mi cara una y otra vez, sin aun haber pronunciado palabra. Las palabras se ahogan en cada caricia, en cada recuerdo. Todo se extiende en un suspiro casi infinito. No se si siento alegría por su presencia o dolor de tanto tiempo de ausencia. Después oigo su voz, el comienzo de las miles de preguntas, de contar vivencias, de sabernos otra vez.  

May 31

Coatepec, Veracruz

Salí de la conglomeración urbana más grande que tiene el país. Dejar atrás las calles de la ciudad significa manejar  2 horas hasta llegar a la autopista. A las 6 de la mañana, el mismo trayecto se lo puede recorrer en 45 minutos y se disfruta el gran espectáculo que brinda el amanecer; primero bajando del Ajusco y, después, con los volcanes Popocatepetl e Iztatzihuatl, todo habra valido la pena.

Para llegar hasta Coatepec, Veracruz, partiendo desde la Ciudad de México (DF), es necesario tomar la autopista que lleva hacia Puebla. Una vez se deja atrás toda el área conurbada del DF, es cuando verdaderamente se puede acariciar con la mirada todos esos matices en rojo que aparecen bordeando los volcanes cuando el horizonte empieza a parir su amanecer. Las pocas nubes se arrastran encima de las montañas, literalmente se encienden y consumen todo el horizonte, iluminan tenuemente la autopista hasta que finalmente llega el día. En algunos puntos hice paradas desobligadas para congelar las imágenes en algún dispositivo electrónico. Lo mejor de todo está en las partes más altas, allí el frío es despertador, golpeador, incita a vivir con vigor. Los paisajes sin bruma capturados son como los de las pantallas de alta resolución de TV, nada más con la pequeña diferencia, los unos son reales y los otros virtuales.

En la segunda caseta de peaje, el sol ya ha demostrado todo su poder nuclear y ha iluminado todo el pedazo de tierra. Es común encontrar a la salida de las casetas de peaje a personas que piden ser transportadas sin pago. En esta ocasión, con mis acompañantes, llevaba cupo completo.

Cuando se pasa por el tramo de autopista que bordea la ciudad de Puebla, el trafico se hace intenso, pero no por mucho tiempo. Una vez superado esta parte, comienzan unas rectas imparables, hasta que se encuentra la desviación hacia Acatzingo, Puebla. Este tramo es de dos carriles, y no es necesario entrar a esta población. Se pasa recto hasta la próxima ciudad de San Salvador el Seco. En el Seco se cruza por una parte de la población y a los lados del camino están los locales donde exponen para la venta los trabajos en roca volcánica. Allí, no me resistí a cruzar simplemente, tuve que cargar, ver, examinar y comprar alguna de esas esculturas. Me gustó la mayoría de artículos hechos en roca volcánica porosa (lava solidificada): fuentes, molcajetes, metates, vírgenes, no tan vírgenes, guadalupanas, crucifijos, niños milagrosos de otros pueblos, escudos patrios, búhos, etc.

Las planicies que se tragan al horizonte, a lado y lado del camino, tienen cultivos con riego. Llegando a la laguna de Alchichica, el paisaje cambia, la tierra es caliza y se observan muchas minas de arena y las montañas llenas de cactus. Esta laguna es salobre, pertenece a un grupo de lagunas conocidas como Axalapascos, los cuales son cráteres volcánicos poco permeables y acumulan grandes cantidades de agua. Por la concentración de las diferentes variedades de sales que se deslavan en época de lluvias el agua tiene tonalidades azul-verdosa. Esta laguna en particular tiene un circuito en su borde, desde donde se puede observar la variedad de la vegetación de clima semiárido, y todo el contorno del cráter que sostiene el agua. Una parada adecuada para dar un agasajo más a los sentidos.

Una vez en el estado de Veracruz, a pocos kilómetros de la ciudad de Perote, comienza el descenso y la vegetación comienza a cambiar radicalmente. Esta vez cruzé esta carretera, llena de curvas, con una densa neblina. A los lados se observan enormes árboles que hospedan a una gran cantidad de bromelias, helechos arborescentes. El descenso es continuo hasta entrar a la ciudad de Xalapa, la cual se cruza de forma sencilla siguiendo los señalamientos hacia Coatepec.

Coatepec es una pequeña ciudad de clima templado húmedo rodeada de una exuberante vegetación que se encuentra a 10 Km de Xalapa. El centro esta formado por casas coloniales y, al menos, 4 templos de la iglesia católica. El parque es centro de convivencia social y la expresión genuina de la ciudad, adornado con flores, de las cuales sobresalen las orquídeas. A media cuadra del parque se encuentra el mercado, lleno de colores, sabores, olores traídos de sus tierras fértiles y llenas de vegetación. Como era sábado, la gente estaba desbordada en el centro, comprando, vendiendo, visitando, etc. Muchas de las calles centrales son anchas y algunas en doble sentido. Me hospede en un hotel que dista a unas 3 cuadras del parque central, que ofrece la comodidad adecuada.

En la tarde hice un paseo en bicicleta por el pueblo, subí y bajé por diferentes calles, también hice un circuito alrededor de la ciudad. En la noche fui a degustar un buen café de esta región, caminé por el centro por varias de sus calles y finalmente me fui a descansar.

Al otro día, fui en bicicleta a la cascada la Granada. Este fue uno de los planes de viaje con mis compañeros. A las 8 de la mañana emprendí el recorrido, primero un tramo muy corto para salir de la ciudad, después un camino sin pavimentar que conduce hasta cerca de la cascada. El camino es una verdadera explosión de la naturaleza, riachuelos que se cruzan, que corren al lado del camino, árboles imponentes, helechos arborescentes, aves, etc, El recorrido tiene poca dificultad técnica, hasta cuando aparecen los más de 1200 escalones, se necesita condición física, aunque no en exceso. Simplemente aquí hay que tomar la bicicleta y llevarla al hombro. Hay tramos muy pequeños sin escalones donde se puede volver a usarla. Una vez en la parte alta, hay que dejar las bicis en algún lado y descender a pie hasta la caída de la cascada. Como existe mucho barro, llovizna frecuente y el camino muy parado se dificulta un poco descender. Todo se ve recompensado cuando se llega al pie de la cascada, hay tranquilidad, frescura, limpieza, y agua y brisa en abundancia. Es indispensable usar repelente de mosquitos, hay muchos aun en las horas de la mañana. Después de disfrutar de la naturaleza, se emprende el regreso, la subida agreste y la bajada de las escaleras con la bicicleta, en mi caso, al hombro.

Restituí las energías utilizadas con una buena comida con los sabores que saborea la gente común de la ciudad. Ya para entonces eran las 3 de la tarde. Comencé a recorrer el camino de regreso, disfrutando hasta el último instante con paradas en la carretera. Cuando llegue a la gasolinera cercana a la laguna de Alchichica, ya el día se empezaba a tambalear frente a la noche. Lo demás fue manejar hasta llegar a la Ciudad de México, hasta que llegué, hasta que encendí la computadora para saber que ocurrió en esos dos días en el mundo. Hasta que pensé, cuándo regresaré.

Pueblo mío

Pueblo mío,
cuando miro tu palpitar a paso lento y sin armonía,
arropado por salarios que en dosis de pobreza adormecen los sentidos;
echo la mirada atrás para asirla a la historia y no hundirme en el presente.
 
Pueblo mío,
cuando esculco las ciudades  y son encuentros de miseria,
expresiones de coraje en tianguis y mercados,
invasión a espacios de probables caminantes;
alzo la mirada y un espectro vital llena urbes de migrantes.
 
Pueblo mío,
cuando oigo a tus labriegos, los campos son historias de barbarie,
vives mezclado entre peladas montañas o selvas  asfixiadas,
arrinconado en la penuria dentro de la estrecha abundancia;
refresco la memoria y constato tu fuerza interminable.
 
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Simplemente.... espectacular, que forma de acomodar las palabras, las mismas que utilizamos diariamente
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